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martes, 29 de julio de 2014

El cuidado de la Rosa

Con afecto de Ruth Vásquez
Imágenes Educarte

Juan se sentía solo, volvía a su departamento, y el silencio era el único que lo esperaba. Estaba triste y tuvo una brillante idea: "Compañía, eso lo que necesito... compañía".  Y se puso a pensar que tipo de compañía.

De chico le habían dicho que lo ideal para compañía era una rosa.
También le había advertido que las rosas tenían espinas y que si uno no era cuidadoso, en vez de disfrutar el placer de mirarlas, tocarlas y oler el perfume que emitían, podían terminar lamentándose todo el día de que la rosa era mala, que cada vez que uno se acercaba lo pinchaba a propósito con sus espinas, y otras tantas advertencias del mismo género.


Pero para Juan el riesgo valía la pena.  Así Juan salió decidido a la calle y a la vuelta de la oficina donde  trabajaba la vio, estaba ahí delante de sus ojos, como había estado ella durante meses esperándolo y mirándolo cada vez que él pasaba, pero nunca se habían cruzado miradas.  Pero esta vez Juan estaba decidido a ser feliz y se acerco directamente a ella, tan directamente que la hizo temblar.

La miró, y quedó totalmente embriagado y envuelto por su perfume.
Estaba enamorado. Luego de un rato de pleno éxtasis Juan se decidió.
Dio media vuelta y encaró al padre de la dama.
- ¿Cuánto cuesta? - preguntó con voz firme.
- Veinte pesos - contestó el Vendedor de Flores, sorprendido por la pregunta tan imprevista,

viernes, 25 de julio de 2014

El amor del niño Ernesto

Rememorando a José María Arguedas
Cuneto Antonio Goicochea
Imagen Educarte

Voy a contarles lo que me sucedió en la escuela cuando se celebraba el centenario del nacimiento de José María Arguedas. La semana anterior habíamos leído en clase: Warma Kuyay y hoy teníamos que escribir, sobre este hermoso libro, un resumen, análisis, ensayo u otro tipo de texto. Todo el mundo empezó a hacerlo, menos yo, que no sabía cómo iniciarlo. Cuando el profesor, extrañado por mi actitud, se acercó a mi lado y me instó, amablemente, a emprender mi trabajo, me decidí a hacer una semblanza imaginándome ser el niño Ernesto que meditaba de sus amores.

“Ay, noche de luna llena, que en la quebrada de Viseca, en cómplice claridad me hacen ver con nitidez: Iluminada de luna, aquí en la quebrada, tu silueta, mi Justina, prendó mi corazón niño.

Justina, urpicha ingrata, tu boca llama al amor, tus ojos son dos luceros que no me dejan dormir. Dichoso es el indio Kutu porque lo miras amable, mientras que yo en tristeza sollozo por tu querer. ¡Ay, cómo miras Justina! ¡Ay, cómo es que te requiebras! ¡Qué caminando cual urpicha a todos robas suspiros!

Cómo podré yo explicarme, que entre todos tú me ignores. Mírame Justina mía que si no

martes, 22 de julio de 2014

La historia de los seis mineros

Todo está n la mente...
Por Ruth Vásquez
Seis mineros trabajaban en un túnel muy profundo extrayendo minerales desde las entrañas de la tierra. De repente un derrumbe los dejó aislados del afuera sellando la salida del túnel. En silencio cada uno miró a los demás. De un vistazo calcularon su situación.

Con su experiencia, se dieron cuenta rápidamente de que el gran problema sería el oxígeno. Si hacían todo bien les quedaban unas tres horas de aire, cuando mucho tres horas y media.

Mucha gente de afuera sabría que ellos estaban allí atrapados, pero un derrumbe como este significaría horadar otra vez la mina para llegar a buscarlos, ¿podrían hacerlo antes de que se terminara el aire?

Los expertos mineros decidieron que debían ahorrar todo el oxígeno que pudieran. Acordaron
hacer el menor desgaste físico posible, apagaron las lámparas que llevaban y se tendieron en silencio en el piso.

Enmudecidos por la situación e inmóviles en la oscuridad era difícil calcular el paso del tiempo. Incidentalmente sólo uno de ellos tenía reloj. Hacia él iban todas las preguntas: ¿Cuánto tiempo pasó? ¿Cuánto falta? ¿Y ahora?

El tiempo se estiraba, cada par de minutos parecía una hora, y la desesperación ante cada respuesta agravaba aun más la tensión. El  jefe de mineros se dio cuenta de que si seguían así la ansiedad los
haría respirar más rápidamente y, esto los podía matar. Así que ordenó al que tenía el reloj, que solamente el controlara el paso del tiempo.

Nadie haría más preguntas, él avisaría a todos cada media hora.

Cumpliendo la orden, el del reloj controlaba su máquina. Y cuando la primera media hora pasó,

lunes, 21 de julio de 2014

El más difícil de los oficios

Cuento: Antonio Goicochea Cruzado
Imagen: Educarte

Sabía, como sabía todo el pueblo, que a don Alfonso Chuquilín le llamaban “Siete Oficios”, pero no el origen de ese sobrenombre o apodo, como decía mi profesor, o “chapa”, como decían mis amigos.
-Siéntate, Jorgito, mi Alfonso ya no demora en venir. 
Se ha quedado en su taller sacando filo a dos lampas porque hoy tiene que ir con un peón a aporcar las papas en la chacrita que tenemos en Cruzpampa. 
Quiere aprovechar este sábado porque para otros días es difícil conseguir ayudantes y la papita se pasa, le dijo doña Yolanda Célis a mi hermano Jorge al que tenían que cortarle el pelo.

Llegó don Alfonso. 
Le colocó una toalla de algodón, tomó peine, tijeras y máquina, las limpió con su vaporizador de alcohol y realizó el corte. 
Jorge regresó contento a casa, listo para asistir, bien peinado, el lunes al colegio.
-Su máquina es suavecita y no jaladora como la de don Ermilio Cubas-, le dijo a papá.

martes, 15 de julio de 2014

Las cuatro esposas

Una historia sabia por Ruth Vásquez
Había una vez un rey que tenía cuatro esposas.
Él amaba a su cuarta esposa más que a las demás y la adornaba con ricas vestiduras y la complacía con las delicadezas más finas. Sólo le daba lo mejor. 

También amaba mucho a su tercera esposa y siempre la exhibía en los reinos vecinos. Sin embargo, temía que algún día ella se fuera con otro.

También amaba a su segunda esposa. Ella era su confidente y siempre se mostraba

domingo, 13 de julio de 2014

El Lustrador, por Antonio Goicochea

Escribe: Antonio Goicochea Cruzado
Imagen: Educarte

         Inicia la jornada con las primeras pinceladas del sol en las paredes.  A veces, sorbo a sorbo desayuna veloz; que el reloj no espera.

         Lleva en su cajón, junto a escobillas trapo y betún, una montaña de esperanzas y una latita triste, esperando reviente de alegría cuando haya caído el sol.
         Es su traje de combate; ropa, manos y cara por pintor surrealista decorados, que no oculta realidades, que en este diario bregar impera no disimular.

         Cual expresión del obrar de la selva en la ciudad se peleó por conseguir un espacio, un lugar, para lustrar.

         Ha perdido la cuenta -el lustrador- de cuánto calzado lustró; y, ya no quiere contar los días que faltan -infinitos- para que los labios de sus pies besen su primer par de zapa-tos.
         

Da descanso a sus bártulos cuando en las entrañas siente la tenaza del hambre. Una señora descalza, vivo retrato de su madre, por unas monedas le alcanza un plato de comida.  Golpe de fortuna.

         La siesta no se hizo para él.  De nuevo el transeúnte escucha:

         - ¡Le lustro, señor!...

         Y en sus manos de malabarista, escobilla y trapos bocetan coreografías de futurista ballet.  La manifiesta alegría al hacer zumbar el trapo, no deja ver la preocupación sin límite que lo domina.  Mil veces hasta que caiga el sol ha abierto su cajón para ver si la alegría también ha llegado a su latita.
            Alegría que será de todos cuando regrese a su hogar.

martes, 8 de julio de 2014

El Alacrán

Un Bonito mensaje, con afecto  por Ruth Vásquez
Un maestro oriental que vio cómo un alacrán se estaba ahogando, decidió sacarlo del agua, pero cuando lo hizo, el alacrán lo picó.

Por la reacción al dolor, el maestro lo soltó, y el animal cayó al agua y de nuevo estaba ahogándose.

El maestro intentó sacarlo otra vez, y otra vez el alacrán lo picó. Alguien que había observado todo, se acercó al maestro y le dijo:
-Perdone, ¡pero usted es terco! ¿No entiende que cada vez que intente sacarlo del agua lo picará?".

El maestro respondió: La naturaleza del alacrán es picar, y eso no va a cambiar la mía, que es servir. Y entonces, ayudándose de una hoja, el maestro sacó al animalito del agua y le salvó la vida.

No cambies tu naturaleza si alguien te hace daño; sólo toma precauciones. Algunos persiguen la felicidad; otros la crean. Tenlo presente siempre.

Sencillo, ¿no crees?

"Cuando la vida te presente mil razones para llorar, demuéstrale que tienes mil y un razones por las cuales sonreír".

viernes, 4 de julio de 2014

Tania, La Manola

Antonio Goicochea Cruzado
Imagen Educarte
-Con toda seguridad que será mía, amigos, con sonrisitas y requiebros me ha dado a entender que está dispuesta a estar conmigo y siguió argumentando, con unas frases bonitas y una cartita le diré de mis amores, decía Beto, Betino, como le decían sus amigos, parecía haber sido el elegido a ser correspondido en sus deseos y quereres por Tania.
Con su propina de fiesta consultó a una gitanilla, que había venido a la feria del pueblo, sobre su futuro amoroso. El presagio no era bueno, un hombre moreno, mayor que él, con capa y espada se interpondría, así lo decían las barajas.
Betino no le creyó y copiándose de un librito de cartas de amor comprado de uno de los vendedores llegados a la feria, le escribió una cartita en la que después de declararle su amor le decía: “El perfume de mi vida perdería la fragancia que anduvo en su existir”, que ni él ni los muchachos comprendían nada, pero les parecía una frase de impacto para decirla a una enamorada.
Fueron testigos de la entrega de la cartita que la hizo una amiguita de ambos. Tania temblaba de emoción al romper el sobre. Una