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jueves, 29 de mayo de 2014

La cadena de oro

Antonio Goicochea (Tradición)
Imagen Educarte
En Canchán, donde pacen alegremente ovejas y cabras, cuenta la profesora que un anciano le refirió un suceso de no hace muchos años del que fuera testigo y que ahora lo cuento.
Un hombre había ido con su familia, su esposa y sus cuatro hijos, el  menor de pechos,  a la celebración de un landaruto en Tayapampa, distante unos cuatro kilómetros. De regreso, a media noche, a la luz de una linterna de kerosene, observaron que a la puerta de la casa, cual si fuese una guardiana, estaba enroscada, en el piso, una culebra de s o menos dos metros.

El hombre hizo que todos los de la familia retrocedieran, sin quitar la vista de la culebra; ya lejos prendieron una fogata. La culebra había levantado la cabeza y la hacía girar como un periscopio, mirando a su alrededor. Cuando tenían suficiente candela, cada uno, a excepción del pequeño, tomó un tizón y todos se acercaron a la puerta de la casa. La culebra, sigilosamente, inició la retirada. Sobre el suelo fue dejando un camino zigzagueante hasta llegar a un
gigante.

Los familiares transportaron la fogata y la colocaron alrededor del gigante, circundándolo. Parecía que la culebra se achicharraría, de pronto se empinó sobre su cola y saltando por encima de las llamas, salió del círculo de fuego y se alejó con un sonido metálico. El atávico temor que se siente ante las culebras y a la noche oscura les invadió a manera de escalofríos; asustados miraron por dónde enrumbaba y sólo alcanzaron a ver, iluminada por la fogata, una cadena de oro que sonora se alejaba.

Repuesto del susto, el hombre dijo:

–Es la malhora, vamos pa dentro-.

Apagaron los tizones y el lamparín. Un silencio profundo los acompañó toda la noche.

Al siguiente a vieron un huella zigzagueante, de una cadena, dejada en el polvo del camino que llegaba hasta los tunales.


Landaruto: Corte de primer pelo de un niño; fiesta familiar.

Gigante: Cactus de troncos de forma de prismas pentagonales, que crece en la zona.

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